La Espiritualidad de Monseñor Romero


La Espiritualidad de Monseñor Romero
Jon Sobrino S.J
Sobre la Espiritualidad de Monseñor vamos a decir cuatro cosas, siguiendo el esquema de la vida de Jesús: encarnación, misión, cruz y resurrección. Espiritualidad fue vivir en la realidad esos cuatro momentos constitutivos de la vida de Jesús.
  1. Monseñor Romero, como Jesús, fue “real” en su encarnación en la realidad salvadoreña tal cual esta era.
Recordemos ahora a Monseñor Romero y preguntémonos que era en su tiempo la realidad- y las cosas no han cambiado del todo. En El Salvador había anawin –los encorvados bajo el peso de una carga, que dice la Escritura, había gente pobre, pera quien vivir era su máxima tarea, y su destino mas cercano era muchas veces morir, o de hambre o de la represión. Había, y hay los que no tenían dignidad, los insignificantes, los que no cuentan, los excluidos. Había los silenciados, los que no tenían palabra. Había los impotentes, que no tenían poder para hacer valer sus derechos elementales. Había los despreciados, porque no cumplían con los requisitos de la cultura que se nos impone.
La pregunta por la que la espiritualidad de monseñor Romero consiste en saber que hizo, el hombre y el cristiano que era, en sea realidad. Y empecemos recordando lo que no hizo. Por sencillo que parezca el decirlo, lo que Monseñor nunca hizo fue desentenderse de esa terrible realidad. Para esclarecer esto pudiéramos comenzar reconociendo sus limitaciones, incluso sus posibles errores, pero lo que nunca hizo Monseñor fue desentenderse de la realidad en que vivía. Esto fue el primer paso de lo que los cristianos llámanos la encarnación. Y digamos de pasada que cuando hablamos de la carne que asumió Cristo en la encarnación, el evangelio no habla simplemente de “carne”, sino de “sarx”, es decir, de “lo débil de la carne”. Lo mismo hizo Monseñor Romero: no se encarno, simplemente en la realidad salvadoreña, sino en lo débil de ella, en el dolor, en la pobreza, en el sufrimiento, en la opresión y represión de los pobres.
Una de las cosas que más peligra hoy en la Iglesia, y en la salvadoreña, es la falta de encarnación en la realidad. El peligro es caer en irrealidad, y acabar no viviendo en este mundo, no haciendo nuestras las realidades de los pobres de país, la Iglesia podrá decir que tiene otros ámbitos de realidad, lo cual es obvio: el ámbito de la evangelización, la liturgia, de lo doctrinal y de lo canónico… aceptar que puede actuar en el ámbito de lo social, pero no en el de lo político. Repetir que , en definitiva, lo suyo se traer la salvación de Dios… Pero a mi lo que me preocupa es que, apelando a esta o semejante razones, más o menos validad, la Iglesia acabe distanciándose de la realidad.
Pues bien, con Monseñor Romero las cosas no eran así. Le apasiono la realidad de los pobres y se dejo apasionar por ella- y no por sentimentalismo superficiales, sino porque en ella vio lo último del dólar y la esperanza, y lo último de su propia fe: la presencia de Dios y de Jesús.
Esto lo expresaba Monseñor Romero ante todo en su quehacer cotidiano. Pero de vez en cuando se le escapaban frases de audacia extrema y de gran belleza para expresar su gran ilusión: que la Iglesia fuera salvadoreña. Así Monseñor Romero decía frases como esta, que impactan hasta el día de hoy. “Me alegro, hermanos, de que la Iglesia sea perseguida”. Alguien pudiera pensar que estas son las palabras de un místico, de un héroe. Pero no. En ella habla- simplemente- un cristiano convencido y un salvadoreño. Pero, además, de la razón de esa paradójica alegría: la persecución ocurre “por tratar de encarnarse en el interés de los pobres”. Monseñor Romero se alegra de la persecución no por causa de misticismos precipitados, sino porque eso hacia a la Iglesia una Iglesia salvadoreña, una Iglesia real.
Cuando veía la fortaleza, el aguante del pueblo, decía entonces, dirigiéndose a los cristianos: “ Si alguna vez nos quitaran la radio, nos suspendieran el periódico, no nos dejaran hablar, nos mataran a todos los sacerdotes y al obispo también, y quedaran ustedes, un pueblo sin sacerdotes, cada uno de ustedes tienen que ser un micrófono de Dios, cada uno de ustedes tiene que ser un mensajero, un profeta”.
Termino esta reflexión. La Iglesia de Monseñor Romero, con el a la cabeza, fue una Iglesia real. Y a la inversa, una Iglesia que no es pobre en tiempo de pobreza, que no es perseguida en tiempo de persecución, que no es asesinada en tiempos de asesinatos, que no se compromete en tiempo de compromiso y no anima a él en tiempo de indiferencia, que no tiene esperanza en tiempo de esperanza, y no anima a ella en tiempo de desencanto, simplemente no es una Iglesia real. Quizás puede parecer muy “espiritual” por otros capítulos, si me permiten la ironía, pero no tiene el “espíritu de realidad” que tenía Monseñor – y Jesús de Nazaret.
  1. Monseñor Romero, como Jesús, llevo a cabo la misión de evangelizar a todo un pueblo, a toda la realidad.
Monseñor Romero evangelizo con la palabra, anunciando la buena noticia del amor de Dios al pobre, denunciando al opresor, escribiendo cartas pastorales para iluminar al país,. Evangelizo con obras, buscando el dialogo por la paz, apoyando el trabajo del Socorro jurídico, del secretariado Social, abriendo los primeros refugios en los albores de la guerra. Evangelizo con su persona, con su modo de ser, que fue un eu-aggelion, buena noticia, para las mayorías del país y para muchos otros fuera de él. Todo esto es bien conocido, lo que hay que recalcar, en términos de espiritualidad, es, en primer lugar, que Monseñor hizo todo ello con espíritu de misericordia. Y en segundo lugar, en lo que quiero fijarme ahora, con misericordia hacia todo un pueblo, Monseñor Romero busco la salvación de todo el pueblo.
Monseñor Romero no era apocado, de lo pequeño, del sálvese lo que se pueda. Como arzobispo sabía muy bien lo que le tocaba hacer y lo que no le tocaba hacer-profesionalmente, por así decirlo-. Pero el horizonte de su misión era claro: hay que salvar a todo y a todos. En este sentido hay que decir que Monseñor Romero era hombre de espíritu grande, hombre de aliento a la hora de decidir que hacer. Sus cartas pastorales –y hay que recordar que desde entonces no se han escrito una carta pastoral importante sobre el país- miraban a los problemas con repercusión para toda la población. Sus denuncias, como todos sabemos, tenían alcance global –aunque mencionara también todos los casos concretos de violación de los derechos humano-. Sus homilías dominicales fueron ejemplo sin paralelo de una pastoral “masiva”, de totalidad, que llegaba a todos. Y eso ocurrió no por casualidad, sino porque así lo pretendía él, lo cual le llevo a cumplir, por así decirlo, con las condiciones que le imponía esa pastoral masiva: seria preparación de la homilía en su parte bíblica para que iluminase al país, conocimiento de los hechos importantes del país, credibilidad en sus palabras, decisión a seguir “siempre”, a pesar de las calumnias, de muchas interferencias, destrucción de la emisora…
Quería evangelizar las estructuras –cosa de la que ya casi no se habla-, cambiar la economía, la política, las instituciones del derecho, de la salud, de los medios… y quería cambiar también –evangelizar- la estructura eclesial, con sus curias, parroquias, congregaciones religiosas, instituciones educativas, con su forma de relacionarse los miembros de la Iglesia en su interior. Y cuando vio problemas graves en el país, violencia, situación de la organizaciones populares, y, al final de su vida, la inminencia de la guerra, los abordo con responsabilidad y teniendo ante si al país. A veces amenazaba de castigo, como los profetas de Israel, pero no a éste o a aquél, sino a toda la clase opresora: “ustedes, los ricos, quítense los anillos, porque, si no, le van a cortar la mano” (cita, por cierto, de Pablo VI).
Y todo esto lo conjuntaba, con creatividad excepcional, con una cercanía real al pueblo concreto en las comunidades. Hacia sus visitas pastorales, y con ellas cubría la realidad de toda la arquidiócesis, pero no perdía la perspectiva total del país. Si Monseñor Romero iba a tal pueblo o cantón, a tal lugar, eso siempre tenia una proyección mayor. Si hablaba por radio, muchas comunidades participaban de lo que decía. Cuando abrió un refugio –por cierto en este edificio del Seminario, muy cerca de donde ahora estamos- hizo muchos mas que abrir “un refugio: puso en marcha todo un movimiento de refugios”.
¿Qué quiero decir con todo esto? Monseñor Romero, indudablemente, tenia una idea sobre lo que era evangelizar –y recuerdo que en 1977 organizo un seminario para sacerdotes sobre la Evangelio nuntiandi de Pablo VI. Lo más novedoso fue para mi que quiso evangelizar a la totalidad del país, a todos, personas, grupos sociales y estructuras. Y que evangelizar un país donde había espantosa opresión y represión, secuestros, desaparecidos, muertos, donde había pobreza, injusticia, pero donde también había esperanza, compromiso, fortaleza, fidelidad, martirio… ya lo hemos dicho. Monseñor fue hombre de aliento, de parresia paulina. Evangelizar significa “salvar a un pueblo”. Y de eso hay ahora déficit en la Iglesia.
  1. Monseñor Romero cargo con el peso de la realidad. Como Jesús, murió en la cruz.
Esto es bien conocido. Solo quiero aclarar que la espiritualidad de Monseñor Romero no fue una espiritualidad del sufrimiento, entendida ascética o místicamente, sino una espiritualidad de honradez con la realidad, y, por ello, de cargar con ella. Fácilmente Monseñor pudo haber suavizado sus denuncias, pudo haber llegado a arreglos, pudo haber abandonado el país –y lo hubiese podido justificar-. Pero la honradez le llevo a cargar con esa realidad que pasa y a no deshacerse de ella. Sobre todo, a no invocar a Dios y al Evangelio, para regir la carga.
Suelen decir que hoy las cosas han cambiado, y es cierto hay novedades importantes. Pero en el país no ha cambiado la pobreza y la injusticia, como realidades fundamentales –aunque cambien sus formas-, ni siquiera la violencia se ha reducido drásticamente. Y a nivel mundial los informes de Naciones Unidad muestran anualmente la aberración en que esta sumida el planeta. No ha cambiado, en lo sustancial, el conflicto social, ni la necesidad de ser desenmascarado y resuelto por supuesto. Por esa razón tampoco ha cambiado la necesidad de introducirse en ese conflicto. Lo que ha cambiado en muchos lugares, y también en el país, es la disponibilidad y decisión a ver y decir la verdad de las cosas y a introducirse en el conflicto.
En la sociedad hay muchos conflictos reales, y la Iglesia esta ante muchos conflictos potenciales si lleva a cabo su misión de denuncia profética y de opción por los pobres. Para hacerlo, necesita un espíritu como el de Monseñor Romero, espíritu de honradez con la realidad, espíritu de fortaleza para introducirse en el conflicto y espíritu de entrega para cargar con el peso de esa realidad. Eso es hoy cargar con la cruz.
  1. Monseñor romero se dejo cargar por la realidad, y experimento la gracia de vivir ya como resucitado.
Poco antes de morir Monseñor Romero dijo estas conocidas palabras: “si me matan resucitare en el pueblo salvadoreño”, y de varias formas se puede decir que eso ha ocurrido ya: Monseñor vive en la esperanza, en la celebración de personas y comunidades, y vive sobre todo en muchos corazones salvadoreños –y de todo el mundo- cuando se dicen a vivir como él, como Jesús.
La realidad –la gente, con su ejemplo de compromiso y generosidad- le empujo a Monseñor Romero a actuar con libertad, a ser hombre libre. No se trataba de la libertad liberal, proclive al egoísmo, sino que para Monseñor Romero, como para Jesús, libertad significaba que nada va a ser obstáculo para hacer el bien. Ese es un hombre libre. Y esa libertad le provenía, pienso yo, de la gente. El sufrimiento que veía en su pueblo y el cariño que su pueblo le mostraba. Desarmaba a Monseñor, lo hacia libre. de ahí que pudiera decir como Jesús: “nadie me quita la vida, sino que yo la doy libremente”.
La Realidad –de nuevo, la gente sencilla, con su cariño- le llevo también al gozo de vivir y de servir. Monseñor era nervioso por carácter, débil e intranquilo a veces. Pero creo yo que –paradójicamente, y en medio de tantos problemas- vivió con paz y gozo. A veces se le notaba en la sonrisa de su rostro, sobre todo cuando estaba rodeado de niño, campesinos, gente sencilla. Y una vez lo puso en estas bellas palabras: “con este pueblo no cuesta ser pastor”. Indudablemente le costo mucho. Al cargar con el pueblo, tuvo que cargar con la cruz. Y sin embargo, el pueblo también cargo con el. Por ello, Monseñor Romero tuvo que sufrir, pero no cayo en la tristeza. Como Jesús, sintió el profundo gozo de que los pequeños entendieron el misterio del reino de Dios.
Y por ultimo, la esperanza. Son conocidas sus denuncias de las aberraciones del país, que parecían llevar a la impotencia y a la resignación. Sin embargo, Monseñor Romero fue hombre de esperanza: “muchas veces me lo han preguntado: ¿hay salida? Y yo, lleno de fe, no solo una fe divina, sino también humana, digo: ¡si hay salida! Monseñor triunfo sobre la resignación, la desesperanza y el desencanto.
De esta realidad salvadoreña que vivió con honradez, estando en ella, queriéndola cambiar radicalmente, cargando con su peso, surgió también la gracia, la libertad, el gozo, la esperanza. De esa manera Monseñor vivió ya como resucitado en la historia. Y eso es muy importante recordarlo cuando en la Iglesia no abunda la libertad, el gozo y la esperanza. Es la espiritualidad de la gracia.